Pedro E.Bastidas P.

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AMAR ES DEJAR VOLAR (por Iliana Jiménez)

En el extremo opuesto del maltrato por abandono se encuentra la sobreprotección de los niños. Podríamos pensar que aquellos padres que hacen todo por sus hijos, previniéndoles de cualquier posibilidad de equivocación, sufrimiento o carencia, son los "mejores padres", pero no necesariamente es así.
Cuando los padres hacen por el niño o el joven lo que él debe hacer por sí mismo, estamos hablando de padres que sobreprotegen y este comportamiento termina siendo una forma muy sutil de maltratarles.
Cargados de buenas intenciones, en nombre del "amor incondicional" y del "sentido de responsabilidad", estos padres sostienen la creencia que "deben hacer todo por sus niños". Se consagran a su servicio, les aconsejan de forma constante y se aseguran, sin respiro, que estos hagan las cosas que deben hacer o las hacen por ellos. Con una actitud casi persecutoria intervienen en cada movimiento del niño: "apúrate", "come", "lávate las manos", "¿te cepillaste los dientes?", "¿llevas los libros?", "no olvides tu merienda", "¿te vestiste correctamente?, "abotónate la camisa", "saluda", "sonríele", "juega con el niño", "duerme un poco" "no corras que te puedes caer", "cuidado y te ensucias".
Este comportamiento se opone a que el niño se desarrolle como un ser independiente y construya su autoconfianza. Lejos de disciplinar y fomentar hábitos en los niños, les estamos formando para depender de nosotros y de los otros, inhibiendo su capacidad de desenvolverse por cuenta propia. A algunos padres quizás les atemoriza tanto que el comportamiento de sus niños se les salga de control, que prefieren asumir todas las responsabilidades por ellos, para que "todo esté en orden" y así reafirmarse como un "buen padre o madre". Actuar de esta manera solo refleja temor, lo cual equivale a falta de confianza en nuestras posibilidades como padres y en el potencial de nuestros hijos.

Por ejemplo decimos "mejor lo visto yo, él tarda mucho vistiéndose", en lugar de decidir ¡que empiece a arreglarse más temprano!, o bien "para prevenir que se ensucie, prefiero darle yo la comida en la boca", a tu niño de 3 años quien ya puede hacerlo por sí solo, claro está ¡ensuciándose! Tal vez estos padres temen al qué dirán y antes de sentirse juzgados como "malos padres", "prefieren hacer la tarea de sus hijos, antes que lleguen sin ella a clase", o bien opinan por ellos ante los otros "no vaya a ser que digan algo inapropiado". Quizás intervenimos en sus relaciones interpersonales y salimos a defenderlos ¿Cuándo y cómo aprenderán que "en la vida no todo es color de rosa", que a veces surgen conflictos que hay que aprender a resolver? ¿Cuándo aprenderán a relacionarse si no le damos el espacio para que lo intenten?
Estos padres sienten compasión por sus hijos y desean protegerles de todas las consecuencias que pudieran llegar a sufrir, sin darse cuenta que de esta manera los conducen al sufrimiento posterior de no saberse valer por sí mismos, de sentirse indefensos y de no poder avanzar en dirección hacia lo que quieren. En un niño sobreprotegido puede instaurarse creencias como "nada puedo hacer sin la ayuda de otro" o "todo lo merezco y los demás deben hacer todo por mí". Ya joven o adulto presentará dificultades para adaptarse al entorno y para establecer relaciones interpersonales. Al darse cuenta que la realidad es otra, que "la vida es como es", que cada ser humano es responsable de sí mismo y por tanto debe satisfacer sus propias necesidades físicas y emocionales sin que para ello dependa de los otros, sentirá frustración.
Sobreproteger a nuestros niños es no respetar su derecho a experimentarse, a explorar el mundo y a aprender de las acciones y reacciones que se derivan de cada experiencia. Asumamos su disciplina bajo el principio de corresponsabilidad, fomentémosle hábitos, enseñémosles a tomar decisiones y a asumir sus consecuencias. Así, estaremos estimulando su capacidad para pensar, en vez de pensar por ellos. Esto no quiere decir que en ciertas ocasiones no puedas ayudarle o intervengas, pero que esta sea la excepción y no la regla ¡Amar es dejar volar y no anular el instinto natural de los niños de hacer las cosas por sí mismos!

LO QUE SOÑÉ PARA TI (Iliana JIménez)

Estas palabras del poeta libanés Kahlil Gibrán nos llevan a conectarnos con una verdad que, a simple vista, puede resultar muy obvia, pero que para algunos padres no necesariamente lo es. "Los hijos son hijos de la vida", ¡cuántas veces decimos o escuchamos esta frase!. Como padres, es importante que reflexionemos al respecto ¿Realmente comprendo el verdadero significado de esta frase? ¿Es solo un decir o genuinamente forma parte de mi sistema de creencias? ¿Están mis sentimientos, pensamientos y acciones hacia mis hijos, alineados con esta creencia?
Así como para un bebé su madre y el mundo son una extensión de él, hasta que, como parte de su proceso de desarrollo, va aprendiendo a diferenciarse, algunos padres sostienen la creencia errada de que sus hijos son una extensión de sí mismos y que por tanto les pertenecen y pueden disponer de sus vidas, sin que para ello medien los gustos y deseos de los niños. Ver a los hijos como "nuestra creación", reflejarnos e identificarnos con ellos, de cierta forma asegura nuestra identidad, pero ¿qué sucede cuando depositamos en los hijos nuestros propios sueños no alcanzados, nuestros deseos de reconocimiento y realización personal, imponiéndoles nuestras preferencias y deseos?. Del amor incondicional pasamos a un amor regido por expectativas y condiciones. Así lo refiere Rosa Baroccio, educadora, en su libro "Disciplina con amor", considerándola una actitud equivocada de los padres a la que denomina "expectativas cerradas", que si bien, en los primeros años de nuestros hijos no parecen representar un problema, en la medida en que los niños avanzan en su desarrollo comienzan a serlo.
Quizás eres un fanático de los deportes, jugaste al beísbol o, a pesar que lo deseabas, no lograste hacerlo, ahora te dedicas a esperar ese momento en que tu hijo llegue a las Grandes Ligas e impresione a todos con su home run. Tu hijo, en cambio, quien se inclina hacia la música y el canto, se ve forzado a complacerte y asiste a las prácticas de béisbol, sacando voluntad de donde no la tiene, mientras dentro de sí solo resuena la melodía de su nostalgia por la música. Tal vez soñaste ser actriz o bailarina, sin embargo, honrando la tradición familiar, decidiste hacer familia a edad temprana, pero, ¡ahora tienes una hija!, así que sueñas con ese momento en que ella irrumpa en los escenarios y sea testigo de la admiración de su público. Le calzas sus zapatos de ballet que, aunque son de su talla, le aprietan y pesan enormemente, porque llevan la carga simbólica de saber aprisionado su sueño de practicar el fútbol.
Esta actitud solo genera frustración en ambos. Con el tiempo, surgen los conflictos, los enfrentamientos, los resentimientos. Así se inician las muchas historias de "Títulos colgados", de insatisfacciones personales y profesionales. Las expectativas cerradas de los padres se manifiestan de muchas otras formas, algunas de las cuales compartiremos en próximas entregas. Reflexiona sobre este tema, pregúntate ¿admiro a mi hijo por quien es o tal admiración está condicionada por cuánto satisface mis anhelos?. Los padres tenemos derecho a soñar, pero no tenemos derecho a aplastar los sueños, ideales y deseos de nuestros niños, a favor de los nuestros. No podemos vivir por ellos, ni vivir por mediación de ellos, lo que no nos arriesgamos a vivir en nuestro momento. Ejercitemos la flexibilidad en el sentir, pensar y el hacer, para así, con gratitud, ser testigos del autodescubrimiento de nuestros hijos, de ese transitar paso a paso que les llevará a convertirse en lo que ellos, y solo ellos, sueñan ser...

Vuestros hijos no son hijos vuestros.
Son los hijos y las hijas de la vida, deseosa de sí misma.
Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros.
Y, aunque están con vosotros, no os pertenecen.
Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos.
Porque ellos tienen sus propios pensamientos.
Podéis albergar sus cuerpos, pero no sus almas.
Porque sus almas habitan en la casa del mañana que
vosotros no podéis visitar, ni siquiera en sueños.
Podéis esforzaros en ser como ellos, pero no busquéis
el hacerlos como vosotros.
Porque la vida no retrocede ni se entretiene con el ayer.
Vosotros sois el arco desde el que vuestros hijos,
como flechas vivientes, son impulsados hacia delante.
El arquero ve el blanco en la senda del infinito y os
doblega con su poder para que su flecha vaya veloz y lejana.
Dejad, alegremente, que la mano del arquero os doblegue.
Porque, así como él ama la flecha que vuela,
así ama también el arco, que es estable.

Kahlil Gibrán, en su libro El Profeta